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“Necesito un trabajo, necesito una pareja, necesito ser listo”. ¿Cuántos de vosotros no pensáis algo así todos los días? Vivimos en un estado constante de ansiedad, pensando en que necesitamos muchísimas cosas más de las que hacen faltan para vivir. Si no tenemos esa cosa tan importante, nos morimos de los nervios por no tenerla. Y si, por el contrario, la conseguimos o ya la tenemos, nos dan micro infartos pensando en el miedo que tendríamos si la perdiéramos. ¿Es esa una forma sana de vivir? Yo creo que no. Y parece que Rafael Santandreu tampoco.

El Arte de no Amargarse la Vida es el manifiesto anti terribilitis y necesititis y a mi me parece un libro necesario y que todo el mundo debería leer, al menos, una vez en la vida. No es el típico libro de auto ayuda que te dice lo que quieres oír, sino que en él Santandreu se dedica, durante casi 250 páginas, a explicar por qué tenemos que aprender a despreocuparnos, por qué los miedos que tenemos son irracionales (en su mayoría) y cuál es la receta para ser feliz a diario.

 

 

Es un libro que se propone enseñarnos a ver cómo distorsionamos la realidad sin apenas darnos cuenta, creando a través de nuestra mirada subjetiva una realidad basada en creencias irracionales, que nos provocan malestar emocional y un gran sufrimiento. Santandreu entiende por creencias irracionales todo tipo de verdades, afirmaciones, valoraciones o evaluaciones subjetivas, que formamos en nuestra mente desde que somos pequeños.

Todas estas creencias son las que construyen nuestra mirada del mundo, son la manera en la que interpretamos lo que nos pasa todos los días. Y cuando en vez de construir esa mirada con creencias racionales, lo hacemos con creencias irracionales, nuestra mirada del mundo se distorsiona y es cuando surgen los problemas emocionales.

Es entonces cuando plantea la obviedad más grande y que menos tenemos en cuenta en nuestro día a día: las situaciones no son las que provocan nuestro sufrimiento, sino que somos nosotros, con el diálogo interno que establecemos, los que creamos ese problema y ese malestar.

No reaccionamos de cierta forma por culpa de una situación que nos ocurra, sino que son nuestras creencias y pensamientos, los que hacen que reaccionemos de esa manera. Así que hay una buena noticia para todos: sentirnos bien sólo depende de nosotros y de nuestros pensamientos. Igual que los utilizamos para crear sufrimiento, podemos utilizarlos para crear un bienestar.

Somos los reyes del drama y nos encanta quejarnos (eso ya lo he leído en algunos de los libros que ya he publicado en el blog y estoy totalmente de acuerdo): me he dado cuenta que estamos encantados de sentirnos la novia de la boda y el muerto del entierro, que nos alucina ser el centro de atención y que la terribilitis de la que habla Santandreu es real y la podemos ver todos los días en personas de nuestro entorno más cercano.

“Es que esto sólo me pasa a mi”, “es que es un horror lo que me sucedió el otro día”, “creo que después de esto, ya no levanto cabeza”… Estoy segura de que escucháis frases de este tipo todos los días, en boca de familiares, amigos o incluso vosotros mismos las decís. Yo también lo hago. Y tras leer El Arte de no Amargarse la Vida me he dado cuenta de que ese tipo de diálogo, esos pensamientos que verbalizamos, se convierten en nuestro día a día.

Sí que es cierto que hay situaciones realmente malas pero ¿Es terrible que tu hijo se haya caído en el patio?, ¿Es una desgracia que tu empresa haya decidido despedirte?, ¿Es lo peor que te ha podido pasar terminar una relación con tu pareja?. Cuando somos los protagonistas de este tipo de situaciones creemos que es el fin del mundo, que no levantaremos cabeza y que se acabó todo.

La clave es darse cuenta de que no es así. Puede ser una faena, algo un poco malo, pero no terrible. Si eso es terrible, ¿Cómo calificaríamos que nos diagnosticaran un cáncer terminal mañana?. Sé que quizás pensáis que estoy exagerando, pero es la realidad. Las cosas que nos suceden todos los días no son terribles y sólo con cambiar nuestra forma de afrontarlas, nuestra vida puede cambiar de forma radical.

Estamos enfermos de terribilitis y nos creamos mucha ansiedad con lo que creemos necesitar para sobrevivir. Suena básico y quizás a risa, pero lo único que necesitamos es comida y bebida. El resto de necesidades nos las autoimponemos y son una trampa.

En El Arte de no Amargarse la Vida, Rafael Santandreu nos explica cómo utilizando la razón podemos darnos cuenta de que muchos de nuestros pensamientos y creencias son irracionales y falsos y que sólo nos hacen daño. Además, en el libro podemos encontrar historias reales de pacientes de Santandreu en las que vemos exactamente qué nos está intentando explicar. Y os aseguro que viéndolo desde fuera, es mucho más fácil de comprender como, en muchas ocasiones, nos dedicamos a sabotearnos a nosotros mismos.

Santandreu nos ayuda a identificar qué es lo que pasa por nuestra cabeza, cuáles son las creencias irracionales que nos están creando sufrimiento. Y una vez hemos identificado esas creencias, debemos aprender a luchar contra ellas, combatirlas todos los días cuestionándolas, para hacerlas más débiles y demostrarnos que son irreales y nocivas.

Con el método que propone Santandreu no eliminaremos las emociones negativas, pero sí las irreales y exageradas, que son las que nos alejan de una vida mucho más feliz y sana a nivel emocional.

Realmente pienso que El Arte de no Amargarse la Vida es un libro que todos deberíamos leer. Para recordar que la vida es mucho más sencilla de lo que nos hacen creer y de lo que creemos nosotros mismos, que podemos ser felices con mucho menos de lo que creemos necesitar. Pese a que nos encante ser el centro de atención y pese a que la queja sea nuestro primer mecanismo de autodefensa, de justificación.

A veces hay que tomar el camino difícil para llegar mucho más lejos y creo que este es uno de los casos. Los atajos aquí no sirven y hay que aprender a gestionar nuestras emociones de una forma sana y coherente. Porque lo que está en juego es mucho más que un trabajo, un corte de pelo o una caída en el patio del colegio. Lo que está en juego es nuestra felicidad. Y por lo menos yo, estoy dispuesta a no desviarme de ese camino para conseguir la mía.

 

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