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Sant Jordi fue un gran día. Y yo que pensaba que después del año pasado, no se podría superar. Sí, el año pasado fue cuando me regalaron el Kindle que cambió mi vida (si no habéis leído el post, os lo dejo por aquí), pero este año mi Día del Libro y mi Diada llegaron con dos regalitos bajo el brazo que me hicieron sonreír durante el resto de la semana siguiente: una funda para mi Kindle y un libro.

La funda era preciosa y la verdad que estoy la mar de feliz con ella, pero el libro fue sin duda el que me hizo más ilusión. Por la recomendación, porque no conocía al autor y porque solo leer la sinopsis supe que El Hombre que quería ser Feliz iba a convertirse en una de mis lecturas preferidas de 2018. Y no me equivoqué.

 

 

Gounelle se ha convertido, oficialmente, en mi nuevo Robin Sharma. El autor escribe bonito, fácil y para todo el mundo. Eso, teniendo en cuenta que trata de abordar temas como la felicidad individual, me parece realmente increíble.

En este caso, el autor nos traslada a Indonesia, a la isla de Bali y nos lleva de la mano de Julian, un profesor que está en la isla de vacaciones y que decide visitar a un curandero local poco antes de marcharse, con el objetivo de encontrar un remedio a su malestar general. Lo que Julian no sabe es que este hombre, llamado Maestro Samtyang le diagnosticará rápidamente lo que le pasa: él es infeliz.

Tras esa primera visita, Julian mantiene conversaciones diarias con Samtyang, en las que hablan de su vida, de sus creencias, de sus problemas y de sus relaciones personales y laborales en general. Es entonces cuando el protagonista del libro aprende la mayor de las lecciones que Samtyang le podría enseñar: son nuestros pensamientos y nuestras creencias las que crean nuestra realidad.

Durante casi una semana, Samtyang trata a Julian y le asigna tareas, como conseguir que cinco personas le digan que “no” explícitamente a algo que él les pida, buscar los resultados de un estudio científico sobre el uso de placebos o ascender al pico de una de las montañas de la isla. En un principio parecen tareas totalmente aleatorias, pero todas ellas ayudan a Julian a entender, con ejemplos, todo lo que su inesperado maestro quiere enseñarle.

Sé que quizás haya personas que no tengan tan buena opinión del libro como la que a mi me ha quedado después de leerlo, pero los títulos en los que se utiliza una historia como ejemplo para hacer entender conceptos de psicología o desarrollo personal me parecen geniales.

Hay muchas personas que sienten verdadera aversión por la sección de “Autoayuda” (esta palabra no me gusta nada, pero parece que en las librerías se empeñan en utilizarla) y que no leerían un libro de este tipo ni en un millón de años. Por eso creo que este tipo de títulos son doblemente útiles: por un lado, tienen una historia y unas enseñanzas y, por otro, consiguen acercar el desarrollo personal a un público mucho más amplio que, quizás, tras comenzar por estos títulos decide profundizar más.

Además, la localización del libro en Bali ha sido la guinda del pastel, puesto que el año pasado estuve allí en verano y me enamoré de la isla, de la gente y de la cultura, así que al leer el libro he podido volver a esos lugares por un ratito más.

Realmente recomendaría El Hombre que quería ser Feliz a todo el mundo: porque es una lectura rápida, con una historia interesante y que engancha y con un trasfondo que nos hace replantearnos qué es ser feliz y a ver que, al final, somos nosotros los que creamos nuestra realidad, así que mejor ponerse manos a la obra de forma consciente ya mismo.

Nota: esta publicación puede contener enlaces de afiliados que me generan una pequeña comisión, sin coste adicional para ti. Solo recomiendo productos que personalmente uso y amo, o creo que a mis lectores les resultarán útiles.

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